Tom Engelhardt
TomDispatch
Traducido del inglés para
Rebelión por Sinfo Fernández

Pero tal vez haya llegado ya el
momento de tomar nota. Quizá deberíamos ver un pequeño augurio en el vuelo de
esos kiwis, aunque se estén marchando sin casi echar a volar y todo lo decorosa
y calladamente posible. Porque ocurre una cosa: una vez que pasen las
elecciones de noviembre, el termino “salida acelerada” podría bien convertirse
en un término relativo a EEUU y nuestro país, mientras se desliza
ignominiosamente de Afganistán, podría acabar siendo la Nueva Zelanda de las
superpotencias.
Seguro que conocen el refrán: “El
hombre propone y Dios dispone”. No podía ser más adecuado en lo que se refiere
al proyecto estadounidense en Afganistán. En efecto, Washington ha trazado
cuidadosamente sus planes. A finales de 2014, las “tropas de combate”
estadounidenses tienen que retirarse aunque dejando atrás bases gigantes que el
Pentágono ha construido para que miles de entrenadores y asesores
estadounidenses, así como fuerzas de operaciones especiales, vayan tras los
restos de al-Qaida (y otros “militantes”) y, sin lugar a dudas, también van a
dejar todo el necesario potencial aéreo de apoyo.
Su tarea será, oficialmente,
continuar “levantando” una fuerza de seguridad monumental que ningún gobierno
afgano en ese completamente empobrecido país será nunca capaz de pagar. Gracias
al Acuerdo de Asociación Estratégica para diez años que el Presidente Obama
corrió a sellar en Kabul con el Presidente Hamid Karzai cuando se iniciaba
mayo, allí piensan quedarse, hasta el 2020 o más allá.

El chico de los recados y los
ancianos
Una cosa son los planes y otra la
realidad. Después de todo, cuando las tropas estadounidenses invasoras llegaron
triunfantemente a la capital iraquí, Bagdad, en abril de 2003, la Casa Blanca y
el Pentágono estaban ya planeando quedarse por siempre jamás, y en aquel mismo
instante empezaron a construir bases permanentes (aunque preferían hablar de
“acceso permanente” a través de “campos imperecederos”) como muestra de sus
intenciones. Solo un par de años más tarde, en un gesto que no podía haber sido
más enfático en cuando a sus planes, construyeron la embajada más inmensa (y
posiblemente la más cara) sobre el planeta para que sirviera de centro de mando
regional en Bagdad. Sin embargo, de alguna forma, esos planes perfectamente
trazados fracasaron de mala manera y solo unos cuantos años después, con los
dirigentes estadounidenses buscando aún medios para seguir acuartelados en el
país en el futuro lejano, Washington se encontró con que les ponían de patitas
en la calle. Pero eso ya es realidad para Vds., ¿no es cierto?

Un “ chico de los recados ” de
quince años abrió fuego en un gimnasio de una base estadounidense contra los
entrenadores de las fuerzas especiales de los marines, matando a tres de ellos
e hiriendo a otro; un campesino de 60 o 70 años , que se había convertido
voluntariamente en miembro de la fuerza de seguridad de su pueblo, volvió el
arma que le habían dado los entrenadores de las fuerzas especiales de EEUU
contra ellos en una “ ceremonia de inauguración ”, matando a dos; un oficial de
policía que, según afirma su padre, se unió a las fuerzas cuatro años antes,
invitó a comer a los asesores de las Operaciones Especiales de la Marina y mató
a tres de ellos e hirió a un cuarto antes de huir, quizá hacia los talibanes.

Estos incidentes de “verde contra
azul”, a los que el Pentágono rebautizó recientemente como “ataques desde dentro”,
han ido incrementándose en los últimos meses. Parece que han ya alcanzado un
nivel masivo y que están provocando por fin un gran revuelo en los círculos
oficiales de Washington. Un Presidente Obama “profundamente preocupado” comentó
el fenómeno con los periodistas (“Tenemos que asegurarnos que ya hemos llegado
al límite…”) y manifestó que estaba planeando “hablar” del problema con el
Presidente Karzai. Mientras tanto, el Secretario de Defensa Leon Panetta sí que
corrió a presionar a Karzai para que adoptara medidas más estrictas a la hora
de investigar los antecedentes de los reclutas de las fuerzas de seguridad
afganas. (Karzai y sus ayudantes culparon de inmediato de los ataques a las
agencias de inteligencia pakistaní e iraní).
El general Martin Dempsey, jefe
del Alto Estado Mayor, voló a Afganistán para consultar con sus colegas qué
hacer con esos incidentes (y le pagaron sus esfuerzos lanzando un cohete contra
el avión cuando se hallaba estacionado en una de las pistas del Campo Aéreo de
Bagram –“un disparo sin consecuencias”, afirmó un portavoz de la OTAN-). El
general al mando de la guerra afgana estadounidense, John Allen, convocó una
reunión con más de 40 generales para discutir cómo poner fin a esos ataques,
aunque insistió en que “la campaña sigue en marcha”. En el Congreso hay mucho
estruendo en estos momentos y están previstas una serie de audiencias.
Luchando con el mensaje
Las preocupaciones por tan
devastadores ataques y sus implicaciones para la misión estadounidense se han
extendido aunque hayan tardado en surgir. Pero nuestros medios informan de
ellas utilizando una especie de código. Veamos por ejemplo, la forma en que
Laura King trata tal amenaza en un artículo que aparece en la portada de Los
Angeles Times (y ella no fue la única). Reflejando la actitud de Washington
sobre el tema, escribió que los ataques “podrían poner en peligro uno de los
ejes de la estrategia de salida de Occidente: entrenar a las fuerzas de
seguridad afganas preparándolas para asumir la mayor parte de las tareas de
combate en 2012”. Casi suena como si, gracias a esos incidentes, puede que
nuestras tropas de combate no sean capaces de cumplir la agenda prevista de
retirada.


En medio de todo esto, pocos
dicen lo obvio. Existe sin duda un abismo de potenciales malentendidos entre
los entrenados afganos y los entrenadores estadounidenses; puede que los
afganos se sientan insultados por los innumerables actos hostiles, ineptos e
impertinentes de sus mentores; puede que hayan llegado a su límite durante el
ayuno del Ramadán; puede que estén alimentando rencores. Cualquiera de las
explicaciones puede ser en sí misma acertada. El problema es que ninguna de
ellas le permite a un observador comprender qué está pasando en realidad. Y
sobre esto debería haber pocos “malentendidos” y aunque los de Washington no
quieran escuchar, son ahora de hecho los estadounidenses quienes están en el
punto de mira de los afganos y no solo en sentido literal.

Ya pueden escudriñar el misterio
todo lo que quieran, nuestros aliados afganos no podían ser más claros como
colectivo. Están más que hartos de ejércitos ocupantes extranjeros, aún cuando,
en algunos casos, puedan no sentir mucha simpatía por los talibanes. Esta
debería ser una situación en la que no se necesitara de traductores. Después de
todo, el “insulto” a los afganos es inmenso y a los estadounidenses no debería
resultarles tan difícil comprender la situación. Traten solo de invertir la
situación con los ejércitos chinos, rusos o iraníes intentando convertir todo
los Estados Unidos en un cuartel, apoyando a determinados candidatos políticos
e intentando enderezarnos durante más de una década y puede que resulte más
fácil de comprender. Después de todo, los estadounidenses se dedican a liquidar
regularmente a la gente por mucho menos que eso.

El efecto contagio
El mensaje es realmente bastante
claro pero quienes están en Washington y sobre el terreno no están preparados
para escucharlo: olvídense de nuestros enemigos; un número cada vez mayor de
los afganos que están más próximos a nosotros quieren que nos larguemos de la
peor forma posible y su mensaje sobre la cuestión ha sido horrorosamente contundente.
Como expresaba recientemente el corresponsal de la NBC Jim Miklaszewski, entre
los estadounidenses en Afganistán existe ya “un temor creciente de que el
soldado afgano armado que están junto a ellos puede ser en realidad un
enemigo”.
Es una situación que
probablemente no va a rectificarse ni a solucionarse de forma rápida, ni
siquiera con el espeluznante programa de nombre “Ángel Guardián” (que deja a un
estadounidense armado con la única tarea de estar atento a los afganos de
gatillo rápido en los intercambios con sus compatriotas), ni mediante “el
examen de los antecedentes” de los reclutas afganos, ni poniendo oficiales
afganos de contrainteligencia cada vez en más unidades para que vigilen a sus
propios soldados.

Como se señala con frecuencia
ahora, los incidentes de violencia verde contra azul están aumentando con
rapidez. Se ha informado que en lo que va de año ha habido 32, con 40 muertos
estadounidenses o de la coalición, si comparamos con los 21 que se dice que
hubo en todo 2011, con 35 muertos. Las cifras tienen una escalofriante
cualidad, que es la sensación de contagio. Sugieren que este puede ser el
momento de aclarar las cosas, y no crean –aunque nadie lo mencione-, que todo
no podría ir mucho más a peor.
Hasta la fecha, esos incidentes
son fundamentalmente el trabajo de lobos solitarios, en unos cuantos casos de
dos afganos, y en un solo caso hubo tres afganos que se hicieron explotar
juntos. Pero no importa cuántos agentes de la contrainteligencia se deslicen en
las filas o cuántos ángeles guardianes se nombren, no piensen que hay algo
mágico en los números uno, dos y tres. Aunque no hay forma de predecir el
futuro, no hay razón para no creer que lo que uno o dos afganos están dispuestos
a hacer no podrían finalmente hacerlo cuatro o cinco, un escuadrón, unidades
pequeñas. Con un poco de espíritu de contagio, de imitación, todo podría ir
mucho peor. Una cosa parece más que posible. Si tu plan es permanecer y
entrenar cifras mayores de fuerzas de seguridad que solo están pensando en
matarte, estás colocándote, por definición, en una situación imposible y
deberías saber que tus días están contados, que no es nada probable que
continúes allí en el 2020, y puede que ni siquiera en el 2015. Cuando el hecho
de entrenar a tus aliados para que se defiendan significa que les entrenas para
defenderse de ti, hace ya tiempo que tenías que haberte marchado, cualesquiera
que fueran tus planes. Al fin y al cabo, los británicos también tenían “planes”
para Afganistán, lo mismo que los rusos.

Desde luego que le considerarían
un idiota como la copa de un pino, cuando no un demente y, sin embargo, ese es
exactamente el historial de los “corazones y las mentes” estadounidenses en Afganistán
hasta la fecha. Bienvenidos en 2001, ahora, en 2012, nos están mostrando la
puerta de la peor manera posible. Washington está perdiendo. Es demasiado tarde
para marcharnos con elegancia pero, al menos, ¡hay que hacerlo ya!

Tom Engelhardt, es co-fundador
del American Empire Project. Es autor de “The End of Victory Culture”, una
historia sobre la Guerra Fría y otros aspectos, así como una novela: “The Last
Days of Publishing”. Su último libro publicado es: “The American Way
of War: How Bush’s Wars Became Obama’s” (Haymarket Books).
Fuente:
http://www.tomdispatch.com/post/175587/tomgram%3A_engelhardt%2C_losing_it_in_washington/#more